Hace 18 años, tres meses y algunos días que murió Martín. No es, como ven, una fecha precisa ni redonda, pero sentí ganas de narrar algunos sentimientos que me visitan, casi desordenadamente.
Muchas madres y padres me escriben mails o llegan a mi página de Internet, con sus relatos, dolorosos por cierto, y sus cuotas de agradecimiento hacia mis escritos. Habitualmente respondo a sus correos y me uno a ellos con fraternal abrazo.
Últimamente un papá me escribió desde Chile, con gran afecto diciéndome lo útil que fueron mis páginas para él y su esposa, pero al mismo tiempo me regañaba dado que hace mucho que no publico algo nuevo. Tenía razón, y quizá ello me haya impulsado a intentar estos renglones.
Otro papá me escribe:
Carlos:
Llegué navegando en el Internet a tus relatos, miro tus ojos de la foto y creo que son los mismos míos que extrañan hace mucho tiempo la partida repentina de un hijo.
Atte.
Le he respondido diciéndole:
Fernando:
no es extraño que nuestras miradas alberguen la nostalgia que provocan las
grandes ausencias.
Solo nosotros, quienes lo hemos sufrido, podemos descubrirlas.
Te envío mi fraternal abrazo.
Como ven, nos une un lenguaje común. Es el mismo que se habla en los grupos de ayuda mutua, y también con algunos dilectos amigos y familiares, o con religiosos o terapeutas (es mi caso), que nos dedicamos a acompañar duelos.
Con los demás, debemos ser considerados y respetuosos, ellos creen que un duelo finaliza con el tiempo, como si se tratara de un acto quirúrgico que va evolucionando, ignoran que se trata de un sentimiento permanente.
Vuelvo a mi amigo chileno con su demanda de nuevos escritos y me pregunto: ¿Que puedo escribir de nuevo sobre el duelo si desde mis limitaciones creo haberlo escrito todo?
No es que no haya otras voces, ni otras líneas de pensamiento y análisis sobre el duelo. Claro que las hay, y por cierto que me he acercado a ellas; desde el psicoanálisis a la logoterapia, desde la metafísica a las distintas creencias religiosas. De todos ellos he tomado algunos conceptos que me fueron útiles, pero finalmente está mi personal manera de sentir el duelo, ya que se trata de una respuesta singular enraizada en el universo de nuestra propia mismidad.
Por ello considero que no existen respuestas universales, que cada uno debe hallar la suya. Hacer su propio duelo, y no el duelo que la sociedad o el más íntimo entorno afectivo quisiera que uno haga.
Mi respuesta intenta ser: responsable (ya que la asumo íntegramente), comprometida (con el recuerdo permanente y cariñoso de Martín, que trasciende a su muerte alojado en mi memoria y en mi corazón), solidaria (con el dolor de los demás), y libre (ya que es mí respuesta, la que une mi cariñoso recuerdo con mi propio proyecto de vida).
A lo largo de estos 18 años, he vuelto a subirme a la vida, a darme permisos para volver a reír, a amar a los vivos, a recordar a los muertos, a festejar nacimientos, a comprometer mis emociones con mis afectos y con quienes me visitan en mi práctica profesional.
También me complace participar de encuentros con padres para reflexionar juntos y compartir vivencias, desarrollando un temario común a todos nosotros. Me permiten reencontrarme con mis recuerdos y mis reflexiones, me acerco con gran cariño a esos padres, y desde luego y como siempre, a Martín.
Tengo presente respetuosamente, las frases de tantas madres que me hablan de sus creencias en una vida eterna y un futuro reencuentro. Ojala estén en lo cierto, pero mientras tanto debemos asumir esta vida, con compromiso, con alegrías, llevando adelante el duelo digno que nuestros hijos merecen.