El duelo y el tiempo
El tiempo fluye, y detenerlo escapa a nuestras humanas posibilidades. Para intentar comprenderlo nos habituamos a dividirlo en pasado, presente y futuro.
En el comienzo de un duelo por la pérdida de un ser querido, sentimos que el tiempo se detiene. No interesa el presente y menos aún el futuro. Todo es pasado, dado que en el pasado está aquel a quien añoramos. Conservamos su habitación tal cual era, sus ropas, sus objetos, sus cosas, sus fotos y el recuerdo de todo aquello que hayamos podido compartir. En este contexto quedan fijados nuestros sentimientos, nada más importa, y si algún otro estímulo comenzara a importarnos, si nuestra voluntad y nuestro apasionamiento reapareciera, solemos sentirnos desleales o infieles a la memoria del ausente.
Si con el tiempo vamos necesitando recuperar nuestra capacidad de amar, de amar a otras personas sobre todo, ahí aparece esa molesta y culposa sensación de deslealtad, es que estamos confundidos y creemos haber buscado entonces, el objeto sustitutivo, esa otra persona en la que depositamos el amor que quitamos al ausente. Nada de eso, se trata de amores suplementarios, a quienes podemos amar sin desmedro alguno hacia nuestro gran amor por el ausente
Así como quien ha muerto es parte del pasado, el duelo por esa muerte es parte del presente del doliente, y todo presente pierde buena parte de su sentido si desde él, no concebimos expectativas que apunten a un futuro, aún admitiendo que, el gran vacío existencial que genera la muerte de un hijo anula en el comienzo, toda perspectiva de futuras gratificaciones.
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