miércoles, 11 de noviembre de 2009
Publicado por bianchicj @ 1:04
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“Quién no ha tenido duelos”

 

Afirmó un psicoanalista en un programa televisivo en el que participé, junto con él, sobre el tema en cuestión.

Es innegable la veracidad de su afirmación.

En ese momento la conductora se refería a mi duelo, indagando sobre las respuestas emocionales y no tanto, que yo pudiera darle.

Pero volviendo a la frase que expresara mi colega, debo confesar que sentí cierta molestia que se hablara de duelos de un modo casi indiscriminado. Que se hablara de haber tenido, y no de haber sufrido…por ejemplo.

No se puede separar al duelo provocado por una pérdida, del sufrimiento que ello conlleva.

Van juntos, mejor dicho uno es la consecuencia del otro.

Claro que hay pérdidas y pérdidas. Se puede perder el avión, la inocencia, el encendedor, la vergüenza, una partida o una ilusión, un ser querido, y se puede perder un hijo.

Este es mi caso.

Me gustaría hablar de mi hijo, pero quizá al lector no le interese demasiado.

Sólo déjenme decir que era un joven muy buen mozo y que por dentro estaba lleno de amor, de humanidad, de bondad y de actitudes solidarias…

Fue un accidente de transito que terminó abruptamente con sus ilusiones y su vida.

La muerte de un hijo ocasiona tan severo derrumbe, que si bien se puede contar, a nivel experiencial resulta intransmisible.

Ocurrió hace mucho tiempo (o fue ayer), y a partir de ese día comenzó mi duelo.

He buscado, cuando pude volver a leer, probables caminos a seguir…en la psicología, el psicoanálisis, la tanatología, la logoterapia, en las distintas creencias religiosas y en las teorías en las que se fundamentan los grupos de ayuda mutua,

He leído a quienes afirman que existe un “final de duelo”, cuando se logra encauzar la libido, (es decir el amor depositado en quien hoy no estáGuiño hacia otro objeto de amor, llamado “objeto sustitutivo”. Desde mi experiencia descreo de esta posibilidad, ya que podrá uno seguir amando a otros, pero su duelo por el ausente lo acompañará mientras viva.

También leo que Dios dispone la duración de la vida terrenal, y que carecemos de altura, (o de fe) para juzgar sus designios, por lo tanto lo que haya decidido bien decidido está, y el consuelo será entonces aceptar que nuestros hijos están junto a él iniciando sus vidas eternas libres de todo sufrimiento y además, nos espera el ansiado reencuentro. Está visto que no dispongo de la fe necesaria, por lo qué deberé seguir buscando caminos que se avengan con mi manera de sentir, ya que agnósticos  y ateos también perdemos hijos.

En otras líneas de pensamiento, leo que la pérdida de un hijo nos concede la oportunidad de iniciar como respuesta a tanto dolor, un crecimiento espiritual que nos acerque con actitud dadora, al dolor de los demás. Sé que no es necesario perder un hijo para poder promover ese crecimiento, ¿O es que no lo intentábamos en vida del hijo?

Quien llevaba una vida digna, sin haber perdido hijos o aún sin tenerlos, seguramente la seguirá llevando, para los que sí los perdieron quizá su sufrimiento los acerquen o los despierten a la espiritualidad, al reconocimiento del otro en sus humanas necesidades, a un humanismo existencial que le alcanza sencillamente, con “ser humano”.

Por ello creo que abogar por la posibilidad de un crecimiento espiritual, tiene una dimensión universal, quizá obvia para todos aquellos que aún con sus hijos vivos ya recorren esos humanos senderos.

Para los demás, los que perdieron hijos, acaso sí, puedan transitar una vida más solidaria, redescubrir al “otro” con sus necesidades y padecimientos, que no es otra cosa que saber diferenciar el bien del mal, y actuar en consecuencia.

De todos modos, aunque de las respuestas que he enunciado sea esta última - la del crecimiento espiritual - la que más se aviene con mi sentir, considero que no se la puede sugerir como alternativa despojada de otros compromisos que en el proceso del duelo, los padres tienen con sus hijos muertos.

No es cuestión de dedicarnos a crecer espiritualmente y asunto concluido, dicho de otro modo: “duelo resuelto.”

Creo sí, y esta es mi convicción, que frente a una pérdida significativa, el inevitable duelo se convierte en un permanente proceso que requiere:

 * tomar decisiones que no dejen solamente en manos del tiempo la atenuación de la pena.

* Matar nuestra soberbia hasta lograr la humildad necesaria que nos permita decir: “

¿Porqué no a mí, porqué no a él?”.

* Aceptar que volver a vivir, a amar, a proyectar no significa una deslealtad, por el contrario, quizá sea el tácito deseo de aquél a quien añoramos.

* Que se trata de un sentimiento permanente que nos convoca al amoroso recuerdo, y ese recuerdo es parte de nuestro compromiso para con él.

* Que la trascendencia a la que la muerte obliga al muerto, podrá estar en sus obras, quizá en más suntuosos lugares celestiales pero lo que es seguro, es que él trasciende en la memoria y los sentimientos de sus deudos.

* La ausencia física se transforma entonces en una presencia distinta con la que seguimos amorosamente relacionados, defendiendo nuestro recuerdo del olvido. El olvido sugerido, más pronto que tarde, por un entorno social que frente al misterio y al temor que entraña la muerte, se apresura en dejarla atrás.

 

 


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